Relaciones Laborales

Un día cualquiera en una empresa cualquiera, un empleado entra en el despacho de su jefe.

–          Buenos días jefe.

–          ¡Hombre! Pase pase, tome asiento. Usted dirá.

–          Pues verá, venía a preguntarle qué hay de lo mío.

–          Sinceramente, no le entiendo.

–          Bueno sabe usted que llevo treinta años en la empresa y que tengo el rango más alto de todos los trabajadores. Hace meses que pedí un despacho más grande, con una mesa adecuada para mis necesidades de trabajo, pero se me denegó. Sabe usted que llevo reclamándolo mucho tiempo y se me ha denegado en reiteradas ocasiones.

–          Es que entiéndalo, usted siempre está pidiendo cosas, la empresa no puede gastar dinero en eso ahora, hay gastos más urgentes.

–          Pero tenemos despachos más grandes en la oficina, no se necesitaría gastar nada y la mesa si hace falta me la pago yo.

–          No, no, de eso nada, el despacho es el que es y la mesa también. Mire, usted siempre se está quejando, ¿se da cuenta de cómo afecta eso a la convivencia con sus compañeros? Pasamos muchas horas al día todos juntos aquí metidos y sus quejas crean profundo malestar, surgen recelos y agravios comparativos.

–          Yo sólo pido lo que creo que es justo para mí. No estoy a gusto en estas condiciones.

–          Vamos ¡no me joda! Hablemos claro, usted lo que quiere es más dinero.

–          Hombre jefe pues ahora que lo dice…

–          Si ya sabía yo.

–          Es que soy el que más beneficio genera a la empresa, el trabajador más cualificado y mis proyectos son los que más dinero aportan. Creo yo que merezco un aumento, pero al final ni despacho ni mesa ni aumento.

–          Su contrato está para cumplirlo, usted ya sabía las condiciones del contrato cuando lo firmó. Su sueldo es el que es y ya se le revisó y subió hace 5 años.

–          Sí, pero las condiciones han cambiado y el contrato y el sueldo se me quedan cortos. Teniendo en cuenta los años dedicados, el esfuerzo realizado, muy superior al de otros compañeros  y el beneficio que genero, creo que es de justicia un aumento.

–          Es usted un insolidario, eso es lo que pasa. Y además quiere incumplir el contrato y me pide a mí que también lo incumpla.

–          Pido que se revise.

–          ¡Ni hablar del peluquín!

–          En ese caso, si no puedo tener un lugar de trabajo en el que me sienta cómodo y se respeten mis necesidades, si no puedo tener el sueldo que creo que merezco y si no quiere usted redefinir los términos de mi contrato me veo obligado a abandonar la empresa.

–          Jajaja, que gracioso, ¡usted no se puede marchar!

–          ¿Cómo que no?

–          Su contrato es indefinido, señor mío. Y por tanto se ha de quedar aquí indefinidamente.

–          Pero si no quiero. Mire lo he estado pensando, antes de venir ya imaginaba que usted no cedería,  lo he pensado mucho y quiero irme.

–          Seguro que una parte de usted en el fondo no quiere marcharse.

–          Hombre… son muchos años aquí, una parte de mi vida ha sido esta empresa, en muchos aspectos me duele marcharme pero necesito progresar.

–          Pero si se va ¿Dónde iría? ¿No se da cuenta que tiene usted ya una edad y que está muy especializado? El mercado laboral está muy mal, nadie le contrataría. Estaría usted abocado al paro y cuando se le acabe, a la indigencia. ¿Cómo lo hará para mantener a su familia? ¿Cómo pagará sus facturas?

–          Pues verá, creo que lo mejor es montarme mi propia empresa.

–          ¿Usted? ¿usted sólo? No me haga reír, esa empresa está condenada al fracaso. ¿Quién reclamaría sus servicios?

–          Pues durante este tiempo he conseguido hacerme con una pequeña cartera de clientes, ya tengo por dónde empezar  y además podría seguir haciendo proyectos para usted, sólo que de forma externa. Se los vendería, de empresa a empresa. Los dos saldríamos ganando.

–          Mire, si usted se marcha no pienso comprarle nada, y ya me encargaré yo de que nuestros clientes y nuestros socios tampoco contraten sus servicios.

–          Aún así he estado haciendo números y creo que me compensaría, sí, lo tengo decidido, y más viendo su actitud, me quiero ir.

–          Pues bien, si eso es lo que quiere se jode y baila. Porque como ya le he dicho, que parece usted sordo, el contrato que firmó hace treinta años es de carácter indefinido, usted se queda aquí por los siglos de los siglos hasta que se jubile, se muera o se vaya al traste la empresa ¿entiende?

–          Demasiado bien que entiendo, señor España.

–          No hay nada más que hablar pues, vuelva al trabajo señor Cataluña.

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